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viernes, 13 de diciembre de 2013

«Educar en valores es la gran herencia que podemos dejar a nuestros hijos»

ABC | LAURA PERAITA | 


Pedro Núñez Morgades, presidente del Consejo Asesor de la Fundación Legálitas, asegura que no somos conscientes de la trascendencia de una buena educación


—¿Cree que las familias están lo suficientemente comprometidas con la protección de sus hijos en las redes sociales?
–No somos conscientes de la trascendencia que la educación tiene para nuestros hijos. Para protegerles hay que transmitirles valores como la responsabilidad, el respeto, la empatía, la asertividad, saber decir que no al grupo, el esfuerzo... La educación en valores es la gran herencia que podemos dejar a nuestros hijos. No nos damos cuenta de que más vale prevenir que curar. Deberíamos educarles todos: padres, profesores y también abuelos, que hemos pasado de ser meros canguros a educadores. La educación es la clave y con ella nos ahorraríamos muchos disgustos.
–Si es la clave, ¿por qué no se centran en estos valores los padres?
–Nos encontramos en un momento históricamente nuevo porque las nuevas generaciones saben más que sus padres en temas como las nuevas tecnologías y no nos debe dar vergüenza decir a nuestros hijos «vamos a navegar juntos y enséñame lo que no sé». De todas formas, todos insistimos en la necesidad de educar a nuestros hijos, pero creo que no lo hacemos con la suficiente contundencia. La teoría es muy fácil decirla, pero en muchas ocasiones hace falta que los padres refresquen ciertos conocimientos y, si lo que queremos es proteger a los menores de las redes sociales, primero hay que aprender, no su uso ni su práctica, más bien sus riesgos. Además, muchas veces los padres cierran los ojos a este respecto. Deben ponerse al día porque la gran mayoría piensa que es función de los educadores, que también, pero no hay que delegar en ellos toda la educación de nuestros hijos.
—¿Es una buena opción acudir a las escuelas de padres?
—Sí, efectivamente. Pero deben acudir los dos porque en el 90% de los casos las madres van solas. Desgraciadamente vivimos aún en un sistema matriarcal y los padres no comparten su parte de responsabilidad en la pareja como padres. Cuando llegan a casa dicen a su mujer ¿te ayudo? si ven, por ejemplo, que está bañado a los niños. ¿Cómo que te ayudo? No asumen que es su responsabilidad también. Yo no veo un avance elocuente en este asunto. Es una lástima que aún las mujeres se sienten responsables de todas las tareas y, si la familia fracasa, la mujer piensa que es por su culpa. Eso es tremendo.
—¿Cómo cree que se puede cambiar este panorama?
—Las mujeres deben plantarse ante la pareja. Deben decirle que no aceptan un ¿te ayudo? porque las tareas son igualmente comunes.



martes, 5 de noviembre de 2013

"El arte de dar clases"

«El verdadero éxito de un docente es cautivar a su alumnado»

ABC | LAURA PERAITA | Día 04/11/201


Cuando Santiago Petschen impartía clases como catedrático de Relaciones Internacionales en la Universidad Complutense de Madrid no podía imaginar que un día se dedicaría a leer las memorias de cientos de grandes autores para analizar las cualidades de los profesores que habían formado parte de sus vidas. Así es como nace su última obra, El arte de dar clases. «Lo que me extraña es que nadie lo haya hecho antes», asegura.

—¿Por qué considera que impartir una clase es un arte?
Porque es una manifestación que se hace ante el público para que quede cautivado. Al igual que ocurre con la pintura, la escultura, la moda... Pero en este caso se trata de una obra de arte menor. El verdadero éxito de un profesor está en cautivar a los alumnos. Hay muchos docentes que lo consiguen. Lo malo, es que pasa desapercibido. Luego no se pondera, no se publica, ni se da a conocer en los medios de comunicación.
—Si es arte, ¿por qué está tan descuidado?
Es una muy buena pregunta, pero no tengo elementos suficientes para responder. Constato el hecho, pero creo que sería importante que este tema salte a la palestra. Precisamente he concebido este libro como un breviario de meditación pedagógica sobre un trasfondo muy amplio de cultura contemporánea. En este sentido, el libro tiene algo de alegato.
—¿Cree realmente que hoy un profesor siente que está realizando una obra de arte cuando imparte una clase?
Debería ser así. Muchos, de hecho, lo hacen y no caen en la cuenta. Si cayeran sería un acicate y verdadero estímulo para poder realizar mejor su obra profesional.
—¿Qué cualidades necesita un docente, en su opinión, para ser un verdadero artista y ganarse a su público, el alumnado?
Hay unas cuantas pero, en primer lugar, es muy importante tener autoridad del conocimiento; es decir, dominar muy bien la materia. Después hay que cultivar el fondo y la forma. También resulta clave el desarrollo de la plasticidad y sensibilizar la idea que el profesor quiere transmitir. Tampoco hay que olvidar las cualidades expresivas: las corporales, la mirada, la presencia, el rostro... Y tener conciencia de que la utilización de la voz —mediante la palabra, los silencios, el tono...— tiene que entrar por los oídos de los alumnos y llegar a su cerebro de tal manera que le cautive. Así es como aprenderán.
—Y el carisma, ¿qué papel juega?
La experiencia apunta que hay que prepararse la clase, dar plasticidad, hablar lento... pero el profesor es el que tiene la libertad para dar la clase como quiera. La personalidad carismática no tiene miedo a nada, ni a cambiar la clase. Con tal de que cautive su fórmula será buena.
—La manera de impartir una clase ha variado poco a lo largo de los años. Sin embargo, actualmente hay docentes que apuestan por transmitir emociones con los contenidos. ¿Cree que hay que cambiar el modelo?
Esto es importantísimo, sin embargo ya lo hacían hace muchos años grandes profesores tanto en infantil como Bachillerato o universidad. El sistema no es obsoleto. Debe pasar por la resurrección de lo viejo. Las novedades tienen que establecerse sobre un fundamento muy firme.
—¿Mejoran las nuevas tecnologías la manera de impartir una clase?
Hay que saber utilizarlas porque si se aplican mal, mejor no usarlas. Si el profesor expone una página de texto en una pantalla digital o con un «power point», el alumno no tendrá tiempo de leerla y si lo hace no seguirá al profesor. El alumno siempre tiene que seguir al profesor y no es fácil. De otra manera, el docente se convierte en el ayudante de estas herramientas tecnológicas. No es mejor una clase por mucha tecnología que se use, al contrario, puede ser peor.

martes, 17 de septiembre de 2013

Dinero privado para la Universidad

Fuente: El blog de Ignacio Aréchaga en Aceprensa
 
La noticia de que algunas universidades públicas en España se movilizan a fin de captar donaciones de empresas y particulares para sufragar los estudios de alumnos necesitados, se ha presentado como una novedad. Hemos estado tan acostumbrados a que la Universidad se pague con dinero público que el recurso a la sociedad civil  parece marcar un giro significativo.
Es claro que la Universidad española necesita mejorar su financiación, y en un momento de restricciones presupuestarias, el aumento solo puede venir del sector privado.  Con datos de 2010, la Universidad en España se financiaba en un 78,2% con subvención pública directa, un 17,6% con las tasas académicas y un 4,2% de otras fuentes privadas (Education at a Glance 2013, pg. 207). Los recortes en la subvención pública y el aumento de las tasas en los dos últimos años habrán cambiado esos porcentajes.
 
El encarecimiento de las matrículas,  la mayor exigencia académica para obtener beca y los apuros económicos que atraviesan muchas familias,  se combinan para que haya más alumnos con dificultades para pagar sus estudios. En este contexto surge la idea de buscar donantes privados que puedan echar una mano a estos estudiantes.
 
No es que el mecenazgo sea una novedad en la Universidad española. Pero normalmente ha estado centrado en la financiación de la investigación. Ahora, en cambio, lo que ha propuesto Adelaida de la Calle, rectora de la universidad de Málaga y presidenta de la Conferencia de Rectores, es que las donaciones particulares ayuden a pagar sus estudios a alumnos con pocos recursos y que no han obtenido beca.
 
Por el momento es más una idea lanzada a la arena pública que una  política asumida por la Universidad.
 
Pero las reacciones son significativas de los distintos modos de entender la financiación de la Universidad pública. Algunos rectores consideran positiva la propuesta, pero la ven como “una medida de emergencia” para tiempos de crisis. Otros insisten en que la financiación de la Universidad es una responsabilidad del Estado, y que las aportaciones de particulares no pueden compensar los recortes en la subvención pública. La Federación de Asociaciones de Estudiantes agradece que haya personas solidarias que ayuden a estudiantes con problemas, pero recalca que esta medida “supone pura beneficencia, cuando realmente debe ser el Estado el que provea de becas y ayudas”.
 
No solo como emergencia
Es curioso que se despache como “pura beneficencia” lo que es signo de una conciencia social del valor de la Universidad, que lleva a contribuir a su financiación. El mundo universitario, que mira tanto a los Estados Unidos, debería aprender también del esfuerzo de las universidades americanas por el fund-raising. En 2011, según datos del Council for Aid to Education, las universidades y colleges americanos recibieron 30.300 millones de dólares en donaciones. La principal fuente fueron las fundaciones (28,6%), seguida por los antiguos alumnos (25,7%), particulares no ex alumnos (18,6% y empresas (16,6%).
 
También en el fund-raising hay un ranking universitario, encabezado por la Universidad de Stanford (receptora de 709 millones de dólares en ese año), por delante de Harvard (639) y Yale (580). Una vez más se cumple lo de que “al que tiene se le dará…”, pues el 25% de las instituciones acaparan el 86% de las donaciones. No hay que perder de vista tampoco que tras esas cifras se esconde mucho trabajo continuado por parte de las instituciones: en 2010 Harvard tenía 250 personas trabajando a tiempo completo en el fund-raising.
 
Se dirá que EEUU tiene otra cultura, con una tradición de filantropía en el terreno educativo y abundancia de fundaciones y millonarios.  En cambio, en Europa la Universidad ha confiado siempre en la subvención pública, como fuente primordial de financiación. Pero su dependencia del dinero público la ha dejado expuesta a los rigores de las políticas de austeridad, sin más recurso que la queja.
 
Con una respuesta más constructiva,  universidades europeas están poniendo en práctica los métodos americanos de fund-raising. Oxford y Cambridge –universidades públicas– abrieron el camino, y otras están siguiendo por él.
 
Pero no hay que mirar solo al extranjero. También en España hay algunos casos, pocos, de instituciones universitarias, sobre todo privadas, que captan donaciones para sus actividades investigadoras y para ayudas a los alumnos que no pueden costearse sus estudios. Como antiguo alumno, conozco mejor el caso de la Universidad de Navarra que tiene una arraigada cultura de búsqueda de apoyos en la sociedad, a través de una Asociación de Amigos y de los Alumni. Y esto da sus frutos. Según datos de la memoria del curso pasado, la Agrupación de Alumni concedió 267 becas por un importe de 2 millones de euros. A su vez, la Asociación de Amigos de la Universidad – integrada por más de cinco mil miembros– cubrió un programa de ayudas para jóvenes investigadores y para la realización de másteres por un importe cercano a los 3 millones de euros, y buscó financiación para el desarrollo de las infraestructuras de la Universidad. No son cifras espectaculares, pero sí indican que es posible movilizar a la sociedad en apoyo de iniciativas universitarias.
Las Universidades públicas también pueden transitar por estos caminos. Quizá los recortes de financiación pública pueden ser la ocasión para animarse  a captar donaciones privadas, no como una solución de emergencia sino como una política para todas las estaciones. En este sentido, una dosis de “privatización” sería muy útil.

miércoles, 31 de julio de 2013

Educación o cultura

Deia | Álvaro Villa Rey | 31 de Julio de 2013

"Nunca he permitido que el sistema educativo interfiera en mi educación". Esta frase es de Mark Twain.
Educación y cultura son dos conceptos diferentes, no son iguales, pero interesa confundirlos.
Las familias están más preocupadas en poder pagar sus hipotecas, llegar a fin de mes, cuadrar los presupuestos familiares y sacrificarse para poder financiarse las vacaciones, relegan la educación en manos del Estado.
El estado cumple su papel, adoctrinar, amansar y confundir a las masas. "La educación es el arma más poderosa que puedes usar para cambiar el mundo". Frase de Nelson Mandela.
Al Estado, el sistema nada le interesa más que perpetuarse. Los aclamados como cultos y grandes hombres de la cultura, así declarados por las instituciones nacionales, están más preocupados de la subvención y de ¿qué hay de lo mío ? que de la verdadera cultura.
Emilio Calatayud, titular del Juzgado de menores de Granada, famoso por sus sentencias ejemplares, en una entrevista suya, rescató esta respuesta que le da al periodista: "Por supuesto ha sido un disparate la pretensión de dejar la educación en manos de los profesores, ya tienen bastante con enseñar. Y además, todo ese error de tener miedo a usar la autoridad porque nos recuerda el pasado, de querer ser amigos de los hijos, de permitir que se abuse de los derechos y se ignoren los deberes. Es el mal de una sociedad pobre que pasó a ser rica…".

El sistema son: el Estado, ministerios, autonomías, ayuntamientos, sindicatos y asociaciones. Todo presupuesto siempre les parecerá escaso, no les llegará nunca, son insaciables. La cultura y la educación -las auténticas- la de toda la historia, la que tuvieron nuestros abuelos, nuestros padres y nosotros, es mejor tenerlas controladas, el sistema debe de tener una sociedad dividida, inculta y mal educada.

jueves, 18 de julio de 2013

En defensa de la enseñanza pública... pero no sólo

A favor de la libertad de los padres para escoger el centro donde educar a sus hijos 

Fuente: lne.es | 18.06.2013 | Laura Sampedro


Siempre que oigo o leo la frase «por una enseñanza pública de calidad» pienso... «ah, no puedo estar más de acuerdo. ¡Yo también la quiero!». Y si me acojo al literal de la frase, casi me apetece coger la pancarta y la camiseta... sólo que... renglón seguido me asalta la duda y me pregunto: ¿por qué la frase no puede ser simplemente «por una enseñanza de calidad»? ¿Acaso pretenden los que lo corean dar a entender que de toda la enseñanza, sólo la pública necesita mejorar su calidad? La verdad, lo dudo. Entonces ¿es que sólo quieren que exista la posibilidad de educación pública? Más bien, y ahí es donde creo que empiezan a perder razón -y donde yo desisto de lo de la pancarta y la camiseta-, porque con esa postura lo que deniegan es la libertad de elección a quienes no piensen como ellos, y eso sí que no.
Por principio, y con carácter general, yo abomino de las causas excluyentes, en las que -todo hay que decirlo- últimamente veo muy posicionada a una parte muy sectaria y rancia, apalancada en que nada cambie. Una parte que aboga no por defender lo suyo, que sería lógico y lícito, sino que pretende que lo suyo sea lo único válido, defendible y respetable. Y, para ello, por si acaso los demás queremos otra cosa, lo que buscan es que no haya elección.
Y es que no pocas veces he escuchado argumentos un tanto peregrinos acerca de que la existencia de centros de enseñanza privados y, sobre todo, los concertados «agreden» la pervivencia de la enseñanza pública, pero ni los comprendo, ni los comparto. Los padres con hijos en edad escolar son ciudadanos que pagan sus impuestos en la medida que les corresponde, como todos. Impuestos con los que se financia, entre otras cosas, la enseñanza pública. De modo que, si parte de esos padres, además de contribuir a esa enseñanza pública, deciden libremente hacer un esfuerzo y pagar un extra para que sus hijos puedan ir a un colegio, concertado o privado, porque les parece más idóneo por las razones que sean, no sólo están en su derecho, como es obvio, sino que en nada perjudican a los que con el mismo derecho y la correspondiente contribución al fondo común de sus impuestos envían a sus hijos a la pública.
De hecho, los datos nos dicen que el millón y medio largo de alumnos que van a centros concertados en nuestro país y que cuestan unos 5.500 millones de euros les costarían al Estado -si todos ellos fueran a la pública- unos 14.200 millones de euros, esto es, unos 8.000 millones más, que de este modo quedan disponibles para su redistribución. Son cifras que dejan bien claro que un sistema mixto es eficiente en términos económicos y, por supuesto, en los educativos, tal y como demuestran los resultados de informes como PISA. Por lo que sólo cabe pensar que quienes se sienten agredidos por su existencia no tienen razón para ello, salvo en el temor que tengan -y volvemos al inicio del razonamiento- a la libertad de elección del prójimo.
¿Quiero decir con esto que soy una furibunda defensora de la concertada o de la privada y una detractora de la pública? Para nada. En absoluto y al contrario. Creo firmemente en la necesidad de que en nuestro país la enseñanza pública sea de tal calidad que ningún alumno de ningún centro tenga la más mínima carencia. Pero también creo firmemente en la no exclusión de ninguno de los modelos. En la defensa de la diversidad. En la libre elección.
De hecho, lo que me parece bastante triste y empobrecedor para la sociedad es que algunos se dediquen día a día a tejer un discurso con el que buscan sin descanso enfrentar las dos posibilidades «público» «privado» como si fueran excluyentes una de la otra, aun cuando la realidad cotidiana demuestra que no sólo son plenamente compatibles, sino que son cooperadoras eficaces de una sinergia que permite a la sociedad avanzar en libertad, pero con seguridad, que es justamente un binomio que yo considero positivo en todos los ámbitos.

sábado, 1 de junio de 2013

Punto negro educativo


Por Pere

El éxito tiene muchos padres. El fracaso, sin embargo, es siempre huérfano. La historia del sistema educativo español está llena de éxitos y ha sido y debe ser un motor de la modernización y progreso del país. El éxito ha ayudado a tapar sus puntos negros, que lastran nuestro futuro, como sociedad y como sistema educativo. Puntos que ponen en entredicho la veracidad de nuestras apuestas por la educación de calidad, así como nuestro interés  en fomentar la innovación y la sociedad de la información y del conocimiento, y en garantizar la igualdad de oportunidades.
El más sangrante punto negro, tal vez, nuestras tasas de fracaso escolar muy por encima de las medias europeas, desde hace décadas. Acabamos 2012 con una tasa de abandono escolar prematuro del 24,9% prácticamente el doble de la media de la UE, que es del 12,8%. Entendemos por abandono escolar prematuro al porcentaje de jóvenes de entre 18 y 24 años que no han completado la educación secundaria superior (bachillerato o ciclos formativos medios), y que tampoco reciben formación actualmente.

Se podría realizar una lectura optimista de estos datos destacando que por cuarto año consecutivo estas tasas bajan en España (la crisis económica ahuyenta a muchos jóvenes de sus ganas o ideas de abandonar la escuela para encontrar trabajo). El problema para realizar esta interpretación es que también somos el país con la peor tasa de la Unión Europea. Sólo Malta presenta cifras similares (22,6%).

Nuestros índices de repetición, en base a los datos del estudio de la Comisión Europea La repetición de curso en la educación obligatoria en Europa, que recoge e interpreta los datos de la última edición de PISA, señalan que en 2009 la proporción de alumnos de 15 años que habían repetido curso, al menos una vez, era superior al 30% en España, el triple de la media europea, lo que también pone en cuestión la eficacia de nuestro sistema de repetición como vía e incentivo para corregir bajos rendimientos académicos.

El abandono escolar prematuro y el fracaso educativo tienen dos consecuencias. En primer lugar, son un factor de riesgo para la marginación y la exclusión social. Un joven que deja pronto la escuela, sin título de ESO, o sólo con éste, podrá encontrar trabajo no cualificado por varias vías. El problema es qué ocurrirá si lo pierde. Su falta de titulación y de formación lo excluirá de muchas ofertas laborales.

Universitarios

Como sociedad, un grado tan alto de fracaso escolar resta formación cualificada y mucho potencial a la economía. Según los datos estadísticos de Las cifras de la educación en España, publicación del Ministerio de Educación y Cultura, contamos con un porcentaje altísimo de titulados entre los jóvenes de 30 a 34 años de nivel superior (universitario o equivalente): un 40,6% (datos de 2011), más que la media  europea. Esto es un éxito, pero que no oculta que nuestros niveles educativos inferiores sufren, y mucho. Nuestros universitarios, sin oportunidades laborales, son uno de los colectivos que protagoniza una nueva fase de emigración al exterior, la emigración de alta cualificación. Una pérdida sensible para el país. Una versión de alto nivel del ‘Vente pa Alemania, Pepe’.

Motivos adicionales de preocupación son que existan notables diferencias de resultados entre comunidades, que sitúan a Euskadi y Navarra en medias europeas,  y a comunidades como Baleares y Canarias en el furgón de cola. Igualmente, es para preocuparse que el grado de fracaso escolar de los hombres sea ampliamente superior al de las mujeres. Para dar un ejemplo: en 2011 un 69,2% de mujeres españolas entre 20 y 24 años había superado la educación secundaria. Los hombres, un 54,5%.

¿Es un problema de inversión económica? España gasta menos en educación en porcentaje que sus vecinos de la UE (5,01% del PIB en 2009 respecto al 5,4% de media  o 6,81% en Finlandia, país líder en las evaluaciones PISA). Un análisis de las cifras al detalle nos dice que nuestro gasto por alumno en Educación Primaria y Secundaria (5.627 euros en Primaria y 7.621 en ESO) supera las medias europeas. Aún más, el número medio de alumnos por profesor en esta última etapa en España es mejor (9,9) que el de la celebérrima Finlandia (13,7 alumnos por profesor).  Toda esta cascada de datos señala que, además de los sacrificios que impone la crisis en cuanto a asignación de recursos, el sistema educativo español adolece de falta de mayor eficiencia y eficacia en algunos niveles, y que la eficacia de nuestras acciones para atender al alumnado con problemas de rendimiento deja mucho que desear.

Mala salida aún a formación profesional

 Mariano Fernández Enguita, catedrático de Sociología en la Universidad Complutense de Madrid, señala en entrevista a Mater Purissima que estos datos de abandono prematuro del sistema educativo son «en parte, un resultado de su ordenación. Sin graduación en la ESO no hay continuidad (el título de Secundaria era necesario para acceder a los ciclos formativos de grado medio). A esto se añade una cultura clasista y elitista, tanto social como profesional, que parte del supuesto de que muchos no valen (sic) para estudiar. Por eso nos separamos poco en las competencias medidas (por ejemplo, PISA) y mucho en los resultados académicos».

Fernández Enguita se proclama un enemigo del actual sistema de repetición: «Es un absurdo lógico, un desastre educativo y un inútil despilfarro económico. Tenemos las máximas tasas de repetición y no arregla nada. No hay que tratar a todos por igual para luego bifurcarlos en el tiempo (repetición) o en el espacio (itinerarios), sino tratarlos de manera distinta para lograr que lleguen al mismo sitio, al igual que a un edificio se sube por el ascensor, la escalera o la rampa. Los países de mayor éxito dan por sentado que la generalidad de los alumnos pueden alcanzarlo, siempre que se les den la oportunidad y la atención necesarias».

Juan Manuel Escudero Muñoz, catedrático en la Universidad de Murcia y director de su grupo de investigación de Equidad e Inclusión en Educación, señala a esta revista que ante el fracaso escolar «la tentación es depositar toda la responsabilidad en el alumnado», cuando en realidad es un problema complejo, con muchas causas. Escudero afirma que «tenemos mucha falta de información», así como carencias en «nuestra cultura de evaluación a pie de obra». «La mayoría de los análisis son macrosociológicos, pero nos falta una parte de la película: el funcionamiento interno de nuestras escuelas: qué se enseña, cómo se hace, y más importante aún en este ámbito, qué hacemos o dejamos de hacer ante las dificultades de aprendizaje. Damos palos de ciego por falta de evaluación de lo que ya hemos hecho».

Autonomía y liderazgo

 Enguita y Escudero coinciden en la necesidad de mejorar la formación en técnica didáctica del profesorado como vía para el éxito escolar. Con respecto a las conclusiones del informe McKinsey, Enguita cree que «en la escuela lo esencial es la profesión. La formación actual es muy insuficiente. La de los maestros es muy débil: corta, además floja, poco exigente y nada selectiva, algo que deberían abordar las universidades y, más aún, los empleadores, empezando por las administraciones. La de los licenciados es disciplinarmente buena pero, en principio, ajena a la función de educar, algo que los actuales másteres (de formación para dar clase) pueden llegar a aliviar un poco, pero seguramente poco».

Escudero destaca que en los países con mejores resultados, los profesores «destinan a coordinación y análisis de sus clases muchísimo más tiempo que aquí. La formación continuada, configurar comunidades profesionales de aprendizaje, son también una cuestión de política educativa y de valoración de la profesión». Defiende una autonomía auténtica de los centros y una capacidad de «liderazgo compartido» por parte del equipo directivo, «que la legislación actual ya permite, pero que se ha quedado en una autonomía burocratizada». Igualmente, es partidario de fomentar «la coordinación, que no la competencia», entre centros, estableciendo redes de colaboración para compartir buenas prácticas educativas.

«Hay que prestar atención a las políticas de resultados», proclama Fernández-Enguita. «Castilla y León, por ejemplo, es pobre y poco industrial, pero sus resultados son excelentes. Baleares, por el contrario, es rica y sus resultados son muy malos. La estructura económica es sólo una parte del problema. Hemos repetido hasta el aburrimiento, por ejemplo, que los adolescentes de las comunidades mediterráneas querían ir a trabajar porque les atraía el empleo fácil de la construcción y de la hostelería, pero no hemos intentado explicar por qué querían dejar la escuela».

Creciente desapego


De hecho, vivimos un momento pleno de paradojas. La valoración social de la educación es mayor que nunca. Sin embargo, existe un creciente desapego de los jóvenes hacia la institución educativa. «Que la enseñanza sea obligatoria de derecho, y aún más de hecho, nos está ocultando su magnitud. La escuela tuvo el monopolio del conocimiento y la educación y lo ha perdido, por lo que debe reinventarse para ser un plus y no un minus». El investigador y catedrático de la Complutense detalla que «uno de los mayores desafíos de la sociedad del conocimiento es la brecha digital. La escuela es quien debería corregir eso, pero resulta que no lo hace porque ni la institución ni la profesión están a la altura de las circunstancias: se mantiene y hasta se profundiza la brecha digital primaria y secundaria porque existe una brecha terciaria, entre el profesorado y el alumnado, entre las responsabilidades y las capacidades, que le impide hacerlo».

Escudero Muñoz señala que tanto el éxito como el fracaso escolar «deben ser una prioridad de todo el centro. Los alumnos con dificultades no son un problema del orientador o del profesor». Asimismo, una mayor y mejor vinculación entre escuela, sociedad y familia también es necesaria para asegurar un mejor rendimiento académico, y mayores niveles de innovación y renovación pedagógica.

Si llega a leer aquí, muy probablemente se preguntará: ¿nuestro sistema educativo es un desastre? ¿Por qué no se actúa con mayor contundencia? Si esperaban una respuesta sencilla a un problema complejo, no existe. El sistema educativo español afrontó grandes retos en la última década: la extensión de las Tecnologías de la Información y Comunicación y la escolarización de los hijos de la inmigración llegada en los 90 y  los 2000. Los alumnos extranjeros han pasado de ser 141.916 en 2001 a 781.141 en 2011, un aumento del 450%. La red de centros públicos ha absorbido a un 81,7% de estos alumnos, por un 15,2% los privados (incluyendo concertados) y un 3,1% los extranjeros, según las últimas estadísticas. Su llegada y el momento en que se produce su entrada en el sistema (Infantil, Primaria o ESO) plantea escenarios diferentes. Las vías en que las escuelas y sistemas autonómicos tratan la diversidad es diferente, igual como sus resultados. Los expone de forma muy gráfica la memoria de 2012 del Consejo Escolar del Estado, en su página 459.

El alumnado extranjero se halla más expuesto al abandono prematuro que el español (con todas las excepciones, matizaciones y particularidades que engloba un colectivo tan diverso). Pero esa diferencia puede ser del 6,4%, como ocurre en Navarra, que cuenta con un porcentaje de alumnado inmigrante superior a la media, o del 40%, como Cantabria, según refleja el Informe sobre el Estado del Sistema Educativo de 2012 del Consejo Escolar del Estado (muy aconsejable ver sus propuestas de mejora). Para una mayor cohesión se debería, como norma general, imitar las buenas prácticas de los mejores.

Lento despliegue

José Antonio Martínez, presidente de la Federación de Asociaciones de Directivos de Centros Educativos Públicos (FEDADI) y miembro del Consejo Escolar del Estado, asevera a Mater Purissima que en la problemática del abandono escolar, «España cuenta con factores específicos, como son la diferencia por sexo y por nacionalidad del alumno», pero que a nivel general «no se entienden diferencias tan grandes en función de la región». El sistema «tiene con un componente de estructura, que regula el Estado, y otro de gestión (en manos de las diferentes autonomías). Si seguimos como siempre, en que cuando las cosas van mal, hemos cambiado toda la estructura, es contraproducente. Lograr resultados en educación requiere mayor estabilidad». Sánchez es un convencido de la bondad de la extensión de la escolaridad a los 16 años, «pero escolarización no quiere decir que todo el mundo tenga que hacer lo mismo. Nuestro problema no es elegir un año antes o después, sino que existan diferentes itinerarios, y con vías de retorno». Igualmente, destaca que hay escasa evaluación y lento despliegue de leyes: «Cuando ya hablamos de FP dual, aún hay ciclos previstos en la Ley de 2001 que aún no se han puesto en marcha. Y luego hay quien habla de que la formación profesional es responsable del paro». Martínez tampoco ve bien el actual sistema de repetición «por costoso e inútil» y ve necesario aplicar «de verdad» el currículum educativo no por contenidos, sino por competencias.

El estudio Fracaso y abandono escolar en España, de Enguita, Luis Mena y Jaime Riviere, trata el abandono escolar no como una decisión puntual, sino como un proceso de progresiva desvinculación de la escuela que tiene su origen mucho tiempo antes de que el problema se manifieste. En Primaria, uno de cada 10 alumnos ya ha repetido curso en este ciclo, afirmaba el informe. Según los datos 2010-2011, las tasas de graduación de Primaria a los 12 años han pasado al 83,7% desde el 87,2% de hace diez años. Todo un toque de atención, que se hace mucho más visible en ESO. También para plantear la eficacia y calidad de las salidas alternativas como los PCPI (FP básica en la nueva propuesta del Gobierno). Todo un reto de futuro.


Fuente: Revista mater puríssima, 28, may, 2013